A este cazador de replicantes siempre le han fascinado los sueños. No el sueño fisiológico en sí, ese reset del cerebro (aunque ese tema también es muy interesante), sino los sueños en sí. Desde la mitología freudiana hasta los juegos de Borges acerca de la aterradora posibilidad de que sólo seamos un sueño de Alguien, que si despertara nos aniquilaría, las imágenes oníricas tienen para mí un gran atractivo.
Aunque ciertos manuales de etiqueta desaconsejan contar lo que se ha soñado, por considerarlo de mal gusto y porque a nadie le importa lo que nuestro cerebro ha elucubrado durante la noche, acabo de despertar de uno extremadamente vívido y quiero compartirlo aunque, verdaderamente, a nadie le importe (no, no soñé con ovejas eléctricas)
El caso es es que estábamos en una tupida selva, enmarañada hasta lo claustrofóbico. No sé qué hacía allí, colijo que era una expedición de algún tipo ya que no estaba solo. Vestíamos la típica ropa de safari, de color verde y pardo mohosos, y cargábamos mochilas... y unas armas que no reconozco, pero de aspecto futurista. De pronto, en medio de la vegetación, vimos las ruinas dilapidadas de una gigantesca estatua de Buda, de unas proporciones descomunales. Estaba como comida por la selva, al estilo de las ciudades mayas o birmanas, y me recordó inmediatamente a los templos escondidos que rodean Angkor Wat (increíblemente, muchos están habitados por monjes Theravada). El grupo estaba asombrado y alborozado, cuando alguien hizo notar que en la base había una serie de puertas.
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| Angkor Wat |
Entramos con cautela, y las dimensiones de aquello eran ciclópeas. Y efectivamente, no era sólo una estatua: a izquierda y derecha se abría un pasillo curiosamente limpio de vegetación, y en él había más puertas y corredores... comprendí que la estatua era sólo un descomunal ornamento de un templo. Sin salir aún de nuestro asombro, como de la nada surgió un monje con su característico manto anaranjado, y nos recibió cálidamente -curiosamente nos entendíamos perfectamente, no sé en qué idioma. Nos explicó que efectivamente era un templo, y se ofreció a llevarnos en una barca al sitio principal. Un riachuelo techado por la selva estaba allí, y en él un barco al estilo "El corazón de las tinieblas"... no era una canoa. Nos invitó a subir, con la advertencia de que tuviéramos cuidado con los cocodrilos, que los había más grandes que el barco. Le señalé mi arma y le dije que no temiera, que con eso podía atravesar cinco centímetros de acero. Él se echó a reír, y me dijo que bastaba un remo para darle en la cabeza, que eran grandes pero tontos.
Y aquí se diluye el sueño. Nunca llegué a la ciudad prometida. Fue agradable e interesante. Si me pongo borgiano diría que seguramente he creado, en algún lugar del Asia, un templo ilusurio, con sus monjes, sus Budas y su nibbāna, y que ellos mismos no sabrán, ni se preguntarán, qué hacen allí, ni que fueron impuestos al mundo por un trotamundos en una lejana tierra de bruma y de lluvia, al estilo de los objetos de Tlön o de las ruinas circulares. No lo creo, pero suena bien: trasladar algo hecho de la sustancia de los sueños -Shakespeare dixit- a la oikouménē de los Hombres.
