Dicen que cuanto más alto suben, más duro caen. Acabo de releer un excelente libro de Robert Maples, el pionero de la antropología forense en Estados Unidos. Uno de sus capítulos narra su viaje a Rusia para examinar los huesos de la extinta familia real rusa. No voy a comentar el contenido, sino la reflexión que encabeza el post.
Imagino un húmedo sótano en Yekaterimburg. Quizá se oían las explosiones del ejército de los "rusos blancos" que se acercaban a la ciudad y los liberarían. Lo que no sabían es que las Nornas habían tejido ya su destino: el soviet de los Urales había ordenado la ejecución de toda la familia real para que nadie, nunca, pudiera reclamar derecho al trono imperial.
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| Los tiempos en que eran dueños de la vida y la muerte. |
Supongo -no hay manera de saberlo- que se sentirían relativamente a salvo. Los cañonazos del ejército que se acercaba y los liberaría, y sobre todo la confianza en su poder omnímodo: bastaba una sola palabra (úkase) para decidir la vida, la muerte y cualquier aspecto de la vida de sus súbditos. Imagino su sorpresa cuando la puerta del sótano se abrió y entró el pelotón de ejecución... habrán quedado no sólo aterrados, sino sobre todo desconcertados: "¿esto nos está pasando a nosotros? ¡Hey, cosacos mugrientos, que somos intocables por la gracia de dios!
Pues no, no lo eran, como no lo es nadie. El resto es Historia, pese a las imbecilidades sobre la supervivencia de Anastasia. Murieron todos, los que tenían todo, los invulnerables. Y esto me recuerda un poema de Mario Benedetti:
"Los que dicen "para hacerse con mis propiedades tendrán que pasar por encima de mi cadáver" deberían recordar que, a veces, pasan."
Fuente: "Los muertos también hablan", Robert Maples, Ed. Alba
